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Akarrú

Súcubos y Brujas

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La mujer es el navío del perverso Satanás [Anselm de Turmeda, Llibre de bons amonestaments]

“Si bien en los siglos XII y XIII e inclusive principios del XIV se permite a las mujeres excepcionales desenvolverse autónomamente hasta cierto punto, a partir del siglo XV se reduce considerablemente la relevancia de las sabias y las santas . Efectivamente, es en ese siglo donde comienzan los maestros y oficiales de los gremios a atacar a sus competidoras -especialmente a las industriosas beguinas-, y cuando se desencadena el exterminio sistemático de decenas de miles de mujeres doctas y, principalmente, no doctas, en particular las más débiles, o sea, las ancianas, las menesterosas o las sin marido. Este proceso no concluirá sino hasta los albores del siglo XVIII en la Europa del Este . Y tal desenfreno se da bajo el embozo de una ideología agudamente masculina y militar, que confinaba a las mujeres a una categoría de absoluta sumisión y que encomiaba las capacidades viriles de ataque, así como la fortaleza varonil ante cualquier agresión.”[1]

El temor a la mujer es algo propio de las sociedades dominadas por religiones patriarcales. En la edad media ese temor se reflejó en leyendas como las de los Súcubos, demonios que tomaban la forma de una mujer de gran sensualidad, que atacaban a los hombres indefensos en sus sueños. Así explicaban en ese tiempo las poluciones nocturnas, o los sueños eróticos. No me extrañaría que estas ideas hubieran surgido en los monasterios, o en los palacios, porque el pueblo, tenía claro de que se trataba. Son las elites las ignorantes que se inventan este tipo de mitos para explicar las cosas más naturales del mundo, lamentablemente terminan imponiéndoselas a los más ignorantes.

Pero también esa era la reacción de temor ante la importancia que adquiere la mujer en la vida social. Demonizar a la mujer siempre ha sido la solución más sencilla. Es el estilo reaccionario.

“Sobre este fenómeno antifemenino por antonomasia es importante recalcar que mujeres de la talla de Hildegarda de Bingen o Juana de Arco (quienes reclamaron e hicieron firme uso de sus dones de mando y obraron con independencia) suscitaron desde el siglo xii, en dominios eminentemente masculinos -como el de las autoridades de la Iglesia y el de los gobernantes seculares-, un temor nacido de la idea de que, precisamente a causa de sus virtudes, en particular al poder de su palabra, tales mujeres y sus potenciales seguidoras podrían constituir una amenaza u oposición real a la supremacía del varón sobre el mundo conocido. Y ese miedo, ese recelo resultante de haberse desafiado la autoridad del hombre por parte de un puñado de féminas portentosas, se fue extendiendo y multiplicando, ya convertido en fobia, incluso hacia las más humildes campesinas de toda Europa, “desde Finlandia hasta Italia, desde Escocia hasta Rusia”, señalan Anderson y Zinsser” [1]

La mujer fue asociada a la magia y lo sobrenatural, la bruja, la causante de impotencia o despertadora de lujuria. La mujer fue vista como “el enemigo oculto y engatuzador”.

El 5 de diciembre de 1484, preocupado por el aumento de la brujería, el Papa Inocencio VIII proclama la bula “Summis desiderantes affectibus”. Papa déspota y cruel, que falleció en julio de 1492: “tras un intento fallido de transfusión de sangre vía oral usando la sangre de tres niños de 10 años de edad, esto también provocó la muerte de los niños por choque hipovolémico”. Molestar y matar a los niños nunca ha sido un gran pecado para la Iglesia, al punto que sacrificar la vida de 3 niños de 10 años de edad para salvar la vida de un Papa no es problema alguno.

Pues bien, esta bula atacaba la brujería de los encantamientos desplegados en ”contra del buen desenlace de los partos de las hembras”. La idea era aumentar la natalidad para aumentar la población mundial que se había reducido producto de la Peste Negra, las guerras y hambrunas de esos tiempos. Si una pobre mujer que no quería traer niños a este mundo de miseria, o si había sido violada en una de esas guerras, recurrían a las parteras, que no sólo conocían el arte de traer niños a este mundo, sino que también como impedir embarazos, o poner término a los no deseados. Pero ese conocimiento ancestral fue considerado brujería después de la bula papal.

En 1486  los monjes dominicos (dominicane, los perros del señor) Henrich Kramer y Jacob Sprenger publicaron  el “Malleus Maelficarum”, el “Martillo de las Brujas”, el manual del perseguidor despiadado de brujas.

[caption id=”attachment_462” align=”aligncenter” width=”398” caption=”Malleus Maleficarum”][/caption]

El texto fue presentado en 1487 a la Facultad de Teología de Colonia. Acá no hay acuerdo, algunos dicen que el clero de esa Universidad tuvo la decencia de condenarlo, declarándolo no sólo ilegal, sino que anti ético y que Kramer falsificó  una nota de apoyo al texto por parte de la universidad. Otros piensan que el autor de la nota no se tomó la molestia de leerlo.  De todas maneras  se convirtió en el segundo libro más popular de su tiempo, después de la Biblia. Y aunque la historia oficial dice que el libro fue prohibido por la Iglesia Católica, lo cierto es que los estudiosos aún no lo encuentran en las listas de libros prohibidos.[3]

El Malleus se divide en 3 partes. La primera parte aporta las supuestas pruebas de que la brujería existe, y describe como las brujas y los hechiceros realizan sus males con el “permiso de Dios Todopoderoso”, todo esto con tal que el Diablo no gane poder ilimitado y destruya al mundo. En esta parte se explica como las mujeres, al ser más débiles y de intelecto inferior, son por naturalezas más propensas a caer bajo la influencia de Satanás. En un punto los autores proclaman que la palabra fémina (mujer) viene de feminus, que sería fe+minus, literalmente sin fe, infiel, desleal.

La segunda parte describe las formas de la brujería, se explica como son los pactos con el diablo, los que se consagraban copulando con el mismo demonio. La tercera parte detalla los métodos para detectar, enjuiciar y sentenciar a las brujas, donde la tortura es una parte esencial, de acuerdo a sus autores.

La cantidad de mujeres que fueron inmoladas en estas cacerías de brujas no está clara, las cifras más conservadoras hablan de un número entre 90.000 y 500.000, y se ha llegado a hablar de 6 millones. Como sea las mujeres eran “ajusticiadas en la hoguera o mediante la tortura, el degollamiento, el estrangulamiento, la descuartización, la horca o la grotesca “prueba de agua”. Tal prueba consistía en atar de pies y manos a las mujeres sospechosas de hacer encantamientos y en arrojarlas luego al agua; si se ahogaban, eran inocentes, pero si no, se demostraba entonces su identidad de brujas y hechiceras, razón por la cual se las condenaba a muerte.”

Así que la asociación de la mujer con el demonio no es nueva, es signo de temor, de ignorancia, de gobernante ignorantes aferrados y criados en tradiciones que temen a la mujer, que quieren manejar masas de gente ignorantes, que no reclamen sus derechos, ni se metan en sus negocios. Y a la mujer, que se quede en casa criando hijos, como quería Inocencio VIII.

[Notas]

[1] “El diablo toma la forma de mugier por que a los buenos pueda enpesçer” : una faceta de la mujer en la literatura ejemplar. Graciela Cándano Fierro.http://www.vallenajerilla.com/berceo/candanofierro/mujerliteraturaejemplar.htm [2] Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Inocencio_VIII

[3] http://www.malleusmaleficarum.org/?p=5 Se dice que el libro fue puesto en la lista de libros prohibidos, “Index Librorum Prohibitorum” en 1490, pero la verdad es que el primer “Index” fue creado en 1559 bajo la dirección del papa Paulo IV, y en esa edición (disponible en linea) no aparece, tampoco en la edición de 1948. Lo cierto es que la afirmación de que la Iglesia condenó este libro, como sale en Wikipedia, es algo que queda por probarse http://es.wikipedia.org/wiki/Malleus_Maleficarum.

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