El tiempo ha llegado,

dijo la morsa, de hablar de muchas cosas...

Akarrú

El Número Secreto

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El número Secreto

por Igor Teper

El Dr. Simón Tomlin estudió al hombre sentado en la mesa frente a él. Se mecía hacia adelante y atrás en su silla, con los hombros encorvados, sus ojos mirando en todas direcciones dentro de la habitación,  y su labio superior haciendo contracciones de vez en cuando, el hombre transmitía la imagen de una ardilla. Era difícil creer que, antes de su crisis nerviosa, este hombre hubiese sido uno de los más importantes  investigadores mundiales en la teoría de los números.

–¿Cómo está hoy, Profesor Ersheim? –preguntó el Dr. Tomlin.

–Bien, bien, gracias, simplemente bien –respondió el hombre sin dirigirle la mirada.

–¿Ha estado durmiendo bien?

–Oh, sí, he estado durmiendo bastante bien, durmiendo como un bebé –replicó Ersheim, asintiendo con la cabeza, vigorosamente en sincronía con su balanceo, permaneciendo sin establecer contacto visual.

–Es bueno escuchar eso.

Ersheim repentinamente detuvo el balanceo y miró directamente a  Tomlin, con los ojos saltones –¡Oh, corte el rollo del tipo agradable, Doctor! –dijo bruscamente. –Sé que piensa que estoy loco, ¿no cree usted que estoy loco? Eso es lo que todos pensaron de Laszlo Bleem también, eso es lo que quieren que crean– Observó directamente a Tomling, sin moverse, ni siquiera pestañear.

–¿De qué habla Profesor? ¿Quién desea que todos piensen que usted está loco?

–Los números, Doctor, los números. Dicen que los números no mienten, pero ellos lo hacen, ellos mienten todo el tiempo, ellos siempre han mentido. Pero no a mi, oh no, yo veo a través de sus engaños, yo sé que se esconden –dijo Ersheim. Y comenzó a balancearse nuevamente.

–¿Y qué sería eso que esconden, Profesor?

–El bleem, eso es. ¡El Bleem!– gritó Ersheim, golpeando sus puños sobre la mesa. Entonces  se acercó a Tomlin y murmuró –el número entero secreto, entre el tres y el cuatro.

–Hemos hablado de esto Profesor, no hay un entero entre el tres y el cuatro.

–Dígaselo a  Laszlo Bleem, Doctor– dijo Ersheim. –Sólo que no puede, está muerto– añadió riendo, y luego murmuró: –el murió por tratar de exponer al bleem.

–Laszlo Bleem murió en un accidente automovilístico, Profesor.

–¡Oh, madure! El hombre publicó un artículo detallando su descubrimiento del, hasta ahora desconocido, entero entre uno y veinte, indicando que estaba trabajando en una prueba de su existencia y su exacta localización, y una semana después de que su artículo fuera publicado ¡puf! Bleem muere en un choque de coches, y su casa se quema, destruyendo todas sus notas escritas. Al día siguiente a su muerte el sistema del computador de su universidad falla, borrando todas sus notas electrónicas. Bleem llegó demasiado cerca, mire, y fue eliminado. Justo como lo seré yo, si no me escucha.

En este punto, Tomlin decidió que era el momento de jugar su carta de triunfo.

–Bien Profesor, digamos que hay, como usted dice, un entero secreto entre el tres y el cuatro. Los enteros positivos se usan para contar, ¿verdad?

–Así es Doctor – asintió  Ersheim, y entonces como si confirmara este hecho, comenzó a contar, moviendo su cabeza de lado a lado: –uno, dos, tres, bleem, cuatro …

– Suficiente Profesor –interrumpió Tomlin. – Ahora, si bleem es un número para contar, esto significa que usted puede tener un bleem de algo.

–Por supuesto –dijo Ersheim. –No sabía que fuera matemático, Doctor. Miró a Tomlin con una mueca que probablemente representaba una sonrisa.

–Siga conmigo, Profesor  –dijo  Tomlin mientras alcanzaba su bolsillo y extraía una pequeña bolsa plástica.

–¿Qué es eso, Doctor? –preguntó Ersheim.

–Dulces, golosinas – dijo Tomlin, sonriendo en la medida que abría el paquete y vaciaba su contenido, alrededor de una docena de caramelos de colores, sobre la mesa.

–Ahora, Profesor Ersheim, quiero que por favor separe bleem de estos caramelos del resto –dijo Tomlind, con una sonrisa de satisfacción en su cara.

–Muy bien –dijo Ersheim, y extendiendo la mano movió tres pastillas de colores hacia su lado del la mesa. Las miró con sospecha, luego miró a la pila principal, luego a las tres que tenía frente a él, y rápidamente tomó otra y la puso junto a las demás. Estudió los cuatro caramelos por un momento, entonces deslizó uno hacia atrás, en dirección a Tomlin, pero cuando estaba a medio camino de la pila central, la arrebató bruscamente y la añadió a las otras tres, visiblemente agitado. Entonces tomó cada una de los cuatro dulces y los sostuvo frente a sus ojos, girándolos mientras hacía esto, con una expresión de desconfianza. Cuando hubo inspeccionado todos los caramelos, se sentó de vuelta en su silla, con un aspecto de frustrada resignación en su cara.

–No puedo hacerlo, Doctor –dijo.

–Así que el bleem no es un entero, después de todo –dijo Tomlin en tono triunfante.

–¡No! –gritó Ersheim y barrió sus manos sobre la mesa, mandando a volar todos los caramelos sobre el escritorio por toda la habitación. –¡El bleem existe! ¡Algo ha evitado que yo pueda separar bleem dulces! ¡Podía tener tres o cuatro, pero no bleem!

–Calma Profesor. Yo estaba acá, miré lo que usted estaba haciendo, y no había nada restringiéndolo, nada que evitara que usted separara bleem caramelos, excepto por el hecho de que no existe el bleem.

–Pero existe –dijo Ersheim tímidamente. Y agregó con creciente convicción, –existe, y ¡voy a probarlo!

–¿Como va a probarlo, Profesor, si usted insiste que existe una fuerza omnipresente e invisible que fuerza a mantenerlo en secreto?

–Recuerdo Doctor – dijo Ersheim con tono conspirativo –que soy un matemático, uno muy bueno. Toda la matemática ha sido manipulada con el fin de esconder la existencia del bleem, pero mire, yo no fui manipulado perfectamente, oh no. Hay una oscura rama de la teoría de los números que ayudé a inventar cerca de unos veinte años atrás, y pienso aplicar algunos de sus teoremas para probar que, con el fin de mantener la consistencia de las matemáticas, debe haber un entero entre el tres y el cuatro. Ese era el tópico de mi conferencia  durante la cual fui tan rudamente interrumpido por mis colegas y perdí mi temperamento.

Perdió su cordura ciertamente, pensó Tomlin. Tomó dos semanas reparar todo el daño a la sala de conferencias.

–Esos colegas no parecían muy impresionado por su prueba, Profesor –dijo Tomlin.

–Eso es porque aún no he trabajado en los detalles de la prueba aún –replicó Esheim. –Y aunque la hubiera tenido, ninguno de esos idiotas sabe lo mínimo de mi investigación –añadió enojado. –Pero estoy cerca, Doctor, puedo sentirlo. Sólo déjeme ahí, déjeme volver a mi investigación, y tendré la prueba en pocos meses. O al menos deme acceso a un lápiz y algo de papel de modo que pueda trabajar aquí.

Ersheim estaba claramente agitado, así que  Tomlin decidió no exasperarlo más.

–Bien, Profesor –dijo Tomlin, –pensaré sobre lo que me dijo. Sólo tengo una pregunta más para usted.

–¿Que sería, Doctor?

–¿Por qué posible razón alguien querría mantener en secreto la existencia de un número?

–No estoy seguro –respondió Ersheim, agitando su cabeza. –Quizás el bleem tiene algunas propiedades místicas. No me mire así, Doctor,  probablemente alguien cree que las tiene. La numerología siempre ha tenido seguidores fanáticos–. Después de una pausa, la cara de  Ersheim se iluminó con excitación. –O quizás el conocimiento del bleem nos permitiría alcanzar un nivel más alto de sofisticación matemática. Podría venir con una teoría matemática viable del viaje a través del tiempo, o comunicaciones más rápidas que la luz, quién sabe que más.

–Ya veo– dijo Tomlin –y ¿usted cree que el descubrimiento del bleem puede hacer esas cosas posibles?

–No lo se, pero ¿quién puede decir que no lo sean? –respondió Ersheim encogiéndose de hombros.

–Veo su punto– replicó Tomlin. –Bien, Profesor, estoy muy agradecido de esta conversación. Me ha dado mucho sobre lo que pensar. Lo veré en un par de días.

Estrecharon sus manos, y Ersheim abandonó la sala. Tomlin se sentó por un momento, mirando los caramelos desparramados en el suelo.

Que triste, pensó Tomlin, que un hombre que dedicó su vida entera al estudio de los números pudiera pensar que esos mismos número tratan de detenerlo. Tenía sentido, por cierto, que la paranoia se manifestara en relación a algo con lo cual Ersheim ya estaba obsesionado.

Tomlin no estaba completamente complacido con la sesión de esa tarde. Tenía la esperanza de que el ejemplo de los caramelos forzaría a Ersheim a ver lo absurda de su posición, pero lo que hizo fue agravarla. Es más, la reacción tan fuerte indicaba que quizás  Tomlin había tocad alguna fibra sensible del delirio de  Ersheim.

Satisfecho porque algo de progreso había hecho, Tomlin empacó sus cosas y se fue a casa.Antes de dejar el hospital, instruyó a los enfermeros que vigilaban a  Ersheim de que su paciente no debería tener acceso bajo ninguna circunstancia a material para escribir.

Tomlin tuvo problemas para dormir esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, se confrontaba con visiones de un ejercito de gigantescos numerales que se acercaban a él, guiados por una borrosa forma que representaba al bleem. Frustrado, tomo el cuaderno de notas que mantenía al costado de su cama, y escribió los números del uno al diez. Se veían inofensivo, sólo garabatos en una hoja de papel, y sin embargo en los números descansaban los fundamentos de la ciencia, y lo que hacía posible a la civilización moderna. Los miró nuevamente, con más respeto, y los leyó mentalmente, uno por uno. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez.  Estaban todos allí, no había espacio para bleem. Su mente se tranquilizó, y Tomlin pudo dormir..

Se despertó la mañana siguiente por el ruido de su teléfono. Era Gene, uno de los enfermeros del hospital. Ersheim se había ido.

Tomlin se precipitó hacia el hospital. Al llegar fue recibido por Gene, quien le explicó lo que había pasado, negando su responsabilidad en cada oportunidad.  Ersheim había estado bien hasta las diez de la noche previa, cuando Gene lo verificó, pero Gene hizo su ronda matutina a las seis, y Ersheim no estaba en su habitación. La puerta de Ersheim estaba cerrad por fuera, y el guardia nocturno no reportó nada fuera de lo ordinario. Hasta donde cualquiera podía afirmar, Ersheim se había desvanecido en el aire.

–Creo que debería ver su habitación –agregó Gene cuando finalizó.

Tomlin siguió a  Gene hasta el dormitorio de  Ersheim. Cuando lo vió, sus peores temores se confirmaron.

Las paredes de la pieza estaban cubiertas de ecuaciones. Filas y filas de símbolos matemáticos, muchos de los cuales Tomlin no reconocía, escritos con un mano temblorosa, en una tinta rojo-purpura. Ersheim tenía que haber trabajado sin parar toda la noche bajo la luz de la luna.

Mirando alrededor, Tomlin notó en una de las esquinas un pequeño envase de lo que debió servirle a Ersheim como tinta. Caminó y encontró un vaso plástico que había sido aplastado. Hundió sus dedos en la tinta y la saboreó. Jugo de uva. Flotando en el charco de jugo una cruda pluma creada a partir de una pajilla para beber. Apiladas en otra esquina del cuarto estaba la ropa de  Ersheim- No había signos del propio Ersheim.

–Parece que nos dejó un pequeño bocado –dijo Gene por detrás de Tomlin.

Tomlin giró para ver a Gene parado cerca del velador. Gene estaba por alcanzar uno de los tres pequeños y oscuros objetos que estaban sobre la mesita.

–¡No los toque– gritó Tomlin

–Sólo son dulces,Doc –replicó Gene, mientras tiraba uno al aire.

Tomlin miró con horror como el caramelo describía una parábola en el aire, para terminar en la boca de Gene.

–¿Quiere uno? –preguntó Gene, moviendo los caramelos que quedaban.

Tomlin miró a la mesa de noche. Habían tres dulces en la superficie del velador.

Traducido de http://www.strangehorizons.com/2000/20001120/secret_number.shtml

Ver también: http://xkcd.com/899/

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