El tiempo ha llegado,

dijo la morsa, de hablar de muchas cosas...

Akarrú

Areté

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Vivimos en una época mediocre, pero siempre ha sido así, ¿no es verdad?

Dice Aquiles:

“Igual lote consiguen el inactivo y el que batalla con denuedo. La misma honra obtienen tanto el cobarde como el valeroso. Igual muere el holgazán que el autor de numerosas hazañas. Ninguna ventaja me reporta haber padecido dolores en el ánimo”.

Lo mismo Discépolo:

¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor!… ¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador! ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor!

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Es decir, la humanidad siempre ha optado por la mediocridad. Hay un principio conocido como el del mínimo esfuerzo, los físicos dicen que “todos los sistemas tienden a obtener estados de mínima energía (mínima entalpía), y máximo desorden (máxima entropía)”.

Así que no hay mucho que hacer, la entropía es nuestra enemiga, es la culpable de la mediocridad del mundo, la ciencia lo explicó al fin.

Pero me resisto a esa explicación, porque yo aspiro a la excelencia, y espero que mis hijos también.

Hay un espíritu que se ha perdido, una vieja diosa olvidada,  que los griegos llamaban Areté, de la que se habla poco en nuestros días, llenos de buena onda y mínima entalpía.

Lo que falta en estos tiempos es más soberbia, algo que para los griegos era un valor supremo, y que cayó en desprestigio en nuestra mediocre sociedad.

Cito a mi hermano:

¡Soberbio!

Por lo general en este mundo mediocre que vivimos solemos tener en muy poca estima la soberbia. Para muchos se manifiesta como un pecado y no necesariamente como un valor o virtud

La explicación es sencilla, cuando todos somos mediocres, pusilánimes y poco osados, nos molesta apreciar que hay uno que pretende salir de esa condición. Bueno en general suele ocurrir que hay algunos arrogantes que sin tener méritos se quieren plantear ante los demás como seres perfectos. A esos se les debe de bajar los humos de inmediato y dejarles en ridículo por su estupidez. Sin embargo, ocurre a veces que tenemos frente a nosotros a alguien que efectivamente sobresale por sus méritos. ¿Somos capaces de reconocerlo en su valía sin caer en una descalificación envidiosa?

La envidia no es querer el bien ajeno, la envidia es no querer reconocerlo y sobretodo no gozarse del bien ajeno, sino tratar de perjudicarlo o alterarlo para que el otro tampoco lo pueda disfrutar.

A veces siento una gran admiración por aquellos soberbios, esos tipos que no sólo son buenos en lo suyo, sino que además se saben capaces. ¡Falta nos haría en este país gente así! No sólo porque de una buena vez se terminaría con toda esa gente inoperante que tiene puestos de dirigencia y que solo repite lo que ya han hecho con ellos, sino que porque además frente a alguien eficaz y eficiente solo nos queda detenernos, admirarle y ¡aprender a ser como ellos!

En el pensar griego la soberbia, esa cualidad de ser excepcional, aceptarlo y explotarlo, es una virtud y puede ser algo que se enseñe.

La soberbia no es la arrogancia. Como tampoco la Ambición es la Codicia. Querer ser mejor (aristos), aspirar a algo elevado, es separarse de lo mediocre, es rechazar este estado de mínima entalpía, de luchar contra la entropía, y querer destacar, es recuperar el espíritu de esos grandes guerreros, Aquiles y Héctor.

Hay que devolver ese orgullo a nuestro jóvenes, enseñarles a buscar la excelencia, a ser los mejores en lo suyo, a ser soberbios, pero no arrogantes. A ser ambiciosos, pero no codiciosos.

La Areté era una diosa, conocida también como La Virtud, hermana de Harmonía, ambas hijas de Praxidike, epíteto de Perséfone, asociada a la Justicia. Las tres formaban una triada, la Praxadikai.

A ese trio divino nos encomendamos, Virtud, Armonía y Justicia, para que nos ayude a encontrar el camino del Areté.

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